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a lo largo de
un acueducto

una historia local de Xochimilco, Oaxaca

INTRODUCCIÓN

a la exposición

Soy mexicana, pero mi familia no es de Oaxaca. Desde el otoño del 2022 hasta el verano del 2023, con el apoyo de la beca Martin A. Dale '53 de la Universidad de Princeton, llegue a esta ciudad sin invitación. Llegué a Oaxaca de Juárez con una curiosidad intelectual sincera, aunque no del todo inocente. Como muchos otros antes que yo (tanto mexicanos como extranjeros), viajé al sur con una noción preconcebida de Oaxaca y su gente. A mi llegada, disfruté de los sonidos de un vals en un jardín público, admiré el trabajo de artistas textiles, y me deleité buscando hongos y maíz azul en sus numerosos tianguis.

 

Sin embargo, al vivir en Oaxaca durante diez meses, también me vi obligada a enfrentar problemas estructurales y ambientales que los visitantes a menudo tienen el privilegio de ignorar. La economía local depende abrumadoramente del turismo, y si llegas a Oaxaca como turista, es probable que veas la cara más brillante y mejor pintada de la ciudad. Esta imagen romántica y “mágica” de Oaxaca es proyectada y promovida por su consejo de turismo y gobierno municipal. Pero la realidad es que Oaxaca, la capital de uno de los estados más pobres de México, es una ciudad llena de desigualdad y de divisiones profundamente arraigadas que sólo se ven exacerbadas por el influjo de extranjeros. Esta inequidad es quizás más visible cuando consideramos quién tiene acceso regular a agua potable.

 

El propósito de esta exhibición es enseñar un lado de Oaxaca, que va más allá de sus galerías, boutiques y cafés. Esta es una ventana a uno de los barrios más antiguos de la ciudad: Xochimilco, una comunidad definida por los contornos de un acueducto de la época colonial, cuyos habitantes luchan por preservar sus tradiciones e identidad frente a la gentrificación y las fuerzas homogeneizadoras de la mercantilización cultural.

 

Lo que sigue es la historia entrelazada del acueducto de San Felipe del Agua y el barrio de Xochimilco. Al rastrear el desuso, el deterioro y la degradación del acueducto de San Felipe del Agua y al centrar los recuerdos de los abuelos y abuelas de Xochimilco, esta exposición pretende ir más allá de la fachada del destino turístico mágico habitado por nativos pintorescos para revelar una historia local con gran importancia frente a la creciente crisis del agua.

Un Xochimilco en Tierra Seca

Hace casi un siglo, mientras caminaba por las calles de Oaxaca, el historiador del arte capitalino Manuel Toussaint, se topó con un lugar a la vez extraño y familiar: el barrio de Xochimilco. Quizás se estaba refugiando del calor veraneante bajo los frescos arcos de cantera del acueducto, cuando su mente comenzó a divagar, retrocediendo siglos hasta llegar a los orígenes de Xochimilco. ¿Cómo fue exactamente que este pedazo de tierra firme llegó a tener el mismo nombre que un lago, ubicado a cientos de kilómetros de distancia, en las afueras de la Ciudad de México?

Archivo Fotográfico Manuel Toussaint. 

“Dicen que cuando Cortés pobló la ciudad de [Oaxaca], trajo cierto número de indios xochimilca, los cuales hicieron sus habitaciones en uno de los extremos de la población, a lo largo del viejo acueducto que la surte del líquido elemento. Aún viven allí y su barrio se llama Xochimilco. Me imagino que la obsesión del agua de sus patrios lares, los impulsó a buscarla donde la hubiese, aunque encañada.”

— Toussaint, Oaxaca. México Editorial "Cultura", 1926.

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Chinampa arbolada en Xochimilco. Fotografía de Emmanuel Eslava. Wikimedia Commons.

Bajo el mando de los conquistadores invasores, los indios Xochimilca habían abandonado sus jardines flotantes en el Valle de México para establecerse en los márgenes de la ciudad de Oaxaca en el siglo XVI. Le pusieron a su poblado el nombre de su pantano natal. Y así, de esta comunidad indígena trasplantada nació un nuevo Xochimilco: un Xochimilco en tierra seca, pero río abajo de los manantiales en la cima del Cerro de San Felipe, los mismos que alimentarían el flujo del acueducto.

Una breve historia del
Acueducto de San Felipe del Agua

La construcción del acueducto de San Felipe del Agua comenzó a mediados del siglo XVI y continuó en segmentos a lo largo de dos siglos hasta alrededor de 1751, cuando se completó su punto sur, una caja de agua (que aún se encuentra afuera de la iglesia del Carmen Alto).

La inscripción dice

"SE ACAVO ESTA OBRA... EL AÑO 1751."

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La caja de agua afuera de la iglesia del Carmen Alto.

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Durante el período colonial, en los Valles Centrales de Oaxaca, la mayoría de los terrenos permanecieron en manos de comunidades indígenas. Sin embargo, los primeros proyectos de riego fueron financiados en gran medida por órdenes religiosas. Durante todo el periodo colonial y aun después de la independencia de la república, el control del agua se mantuvo en manos de las élites urbanas y de unos cuantos hacendados, que desviaban el agua hacia sus grandes haciendas a través del acueducto y un sistema auxiliar de canales. Por lo tanto, la mayoría de los agricultores indígenas en la región se dedicaban a actividades económicas que requerían menos agua, como la ganadería a pequeña escala y la producciones textiles, incluyendo el cultivo de la seda y de la grana cochinilla. Los habitantes de Xochimilco eran tejedores y agricultores de subsistencia.

El siglo XIX trajo nuevas ideas sobre la higiene y remodelaciones en los centros urbanos de México. El historiador Édgar Mendoza García ha examinado cómo el gobierno municipal de Oaxaca invirtió en la renovación de infraestructura y llegó a ejercer un mayor control sobre la salud pública y la fuerza laboral. Durante este tiempo, los médicos, armados con nuevas teorías sobre gérmenes y enfermedades gastrointestinales, expresaron una creciente preocupación por los canales al aire libre del acueducto y la posibilidad de contaminación del agua. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la municipalidad contrató a un grupo de funcionarios locales para supervisar el mantenimiento y el uso público del acueducto e instituyó multas para las personas que “robaran” agua.

 

En 1903, la ciudad exigió que los aguadores (hombres que acarreaban cántaros de agua desde las fuentes públicas del acueducto a las residencias) compraran y llevaran una insignia emitida por la ciudad con su retrato y otra información de identificación, incluyendo la fecha de nacimiento, estatura, color de piel y estado civil. Copias de estas insignias sobreviven en libros de registro que se conservan en el archivo municipal de Oaxaca. Si hojeas estos libros, encontrarás los retratos y datos personales de decenas de aguadores. Una que otra entrada tiene los garabatos apresurados de un funcionario de la ciudad, notando la ausencia, muerte o incluso el despido de cierto aguador, pero las voces y luchas personales de estos hombres — sus miedos y sueños — nunca los encontrarás en estos registros.

 

Los registros de aguadores hechos entre 1903 y 1923 están resguardados en el Archivo Histórico Municipal de la Ciudad de Oaxaca y muestran páginas como esta. Para los que no pueden visitar el archivo, esta y otras fotografías aparecen en el libro De oficios y otros Menesteres, editado por el Instituto de Investigaciones en Humanidades de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

Los aguadores desaparecieron gradualmente a medida que el acueducto perdió su utilidad en el siglo XX. Con la llegada de la electricidad y la construcción del ferrocarril que conectaba Oaxaca con la Ciudad de México, la población creció y el consumo de agua se intensificó. Oaxaca ya no podía depender de la infraestructura de la época colonial para satisfacer la demanda. El agua ahora se llevaría a las casas, no a través de canales de cantera o a espaldas de los hombres, sino por medio de un sistema de tuberías metálicas supuestamente estériles. En 1913, se exigía que las residencias tuvieran agua corriente, ya que la ciudad buscaba aumentar tanto los niveles de higiene como los impuestos recolectados.

De fuente de vida a monumento:
memorias del acueducto

“Ahora es un monumento”, dice Víctor Armando Cruz Chávez, un artista y escritor cuya familia ha vivido en Xochimilco durante generaciones. Pero, en el pasado, Víctor asegura, el acueducto estaba “muy conectado con la vida comunitaria”. De hecho, el acueducto no servía solo para abastecer el agua; funcionaba como una especie de plaza acuática que recorría todo el barrio. Era un lugar de encuentro, un sitio público donde la gente trabajaba y disfrutaba en comunidad. Los habitantes de Xochimilco dependían de las fuentes públicas alimentadas por el acueducto para el agua que utilizaban en sus hogares, cocinas, huertas y corrales. Sin embargo, también salían regularmente de los confines de sus hogares para reunirse en un punto del acueducto al que apodaron “La Cascada”. La Cascada fue construida sobre la ladera de un pequeño río que ha disminuido hasta convertirse en un simple arroyo. Sin embargo, los imponentes arcos de La Cascada aún permanecen en pie. Para algunos, La Cascada también servía como puente improvisado; cruzaban por encima de sus arcos al salir de Xochimilco hacia otros puntos de la ciudad.

"La Cascada" en la actualidad. 

Durante mi estancia en Oaxaca, entrevisté a los vecinos mayores de Xochimilco para entender cómo una estructura de cantera, que alguna vez fue clave para la supervivencia de la ciudad, perdió su uso práctico y se convirtió en un fondo ornamental. ¿Cómo recuerdan los abuelos y abuelas de Xochimilco la relación de sus antepasados con el acueducto y cómo han visto cambiar gradualmente su significado para ellos, sus hijos y sus nietos? ¿Qué revelan estas memorias intergeneracionales sobre la rica historia social y económica de una comunidad local y la evolución de su identidad en el siglo XXI?

Doña Adolfina

Adolfina Martínez Jiménez, de 91 años, recuerda cómo la gente de la sierra “caminaba río abajo” a lo largo del acueducto para vender sus productos en Xochimilco. Cerca de la base de La Cascada, amas de casa, artesanos y niños aprovechaban las corrientes y pozas para lavar la ropa, quitar el exceso de tinte de los hilos y chapotear con amigos y familiares.

Doña Pilar

En 1944 y 1945, Pilar Rafeal Pérez García, de 86 años, era sólo una niña cuando trabajadores de la ciudad detonaron una parte del acueducto para dar paso a la carretera Cristóbal Colón, hoy conocida como la Carretera Internacional. Doña Pilar había crecido con leyendas de espíritus malignos, como La Llorona, que vagaban por las partes más profundas y oscuras del acueducto, pero sus peores temores se materializaron cuando trozos de cantera, impulsados hacia el cielo por fuertes explosiones, comenzaron a caer alrededor de Xochimilco. Gritos de “cuete, cuete” acompañaban cada explosion, pero, por supuesto, eso no fue suficiente para proteger a los residentes de lesiones graves. Algunos vecinos sintieron en sus cuerpos la destrucción de su amado acueducto. El acueducto ya llevaba algunos años en deterioro, pero esta demolición marcó efectivamente el fin de su uso como fuente de agua.

La Llorona, afuera de una casa en Xochimilco en el Día de Muertos (noviembre de 2022). Se sabe que la Llorona frecuenta cuerpos de agua.

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Esta parte más al sur del acueducto quedó aislada del lado norte por las detonaciones que dieron paso a la Carretera Internacional.

Don Amado

Amado Pérez opina que la construcción de la carretera dividió el barrio en dos. El lado norte de la carretera, donde aún se encuentra la casa que construyeron sus padres, está más cerca de la fuente del acueducto, los manantiales naturales en la cima del Cerro de San Felipe del Agua. Este lado de Xochimilco, Don Amado dice, se ha aferrado más a su identidad. El lado sur, que es el más cercano al centro de la ciudad, alberga la parte más fotogénica del acueducto que se conserva en la actualidad: los llamados arquitos de Xochimilco.

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En esta zona conocida como los "arquitos de Xochimilco", los pilares y arcos del acueducto han sido reutilizados para servir como muros y puertas de viviendas y negocios. Esta reutilización de la estructura del acueducto ya se observaba desde 1920, cuando el historiador de arte Manuel Toussaint describió haber encontrado refugio del calor debajo de uno de estos arcos convertidos en puertas. Hoy en día, sin embargo, es más probable que encuentres un coche debajo de los arcos, ya que esta zona se ha convertido en un estacionamiento (no muy oficial). Este lado de Xochimilco, afirma Don Amado, ya no es oaxaqueño.

Don Manuel

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Manuel Domínguez, de 85 años, recuerda una época antes de los murales coloridos y los AirBnBs, cuando la mayoría de sus vecinos todavía eran agricultores y tejedores. ¿Cuáles son sus recuerdos de infancia en torno al acueducto? “Siempre lo disfrutamos”, responde, recordando noches junto a una fuente del acueducto cuando sus hermanos tocaban la guitarra al aire libre. De niño, Don Manuel admiraba a los jóvenes que se atrevían a echarse un clavado en La Cascada. ¿Qué piensa de los extranjeros que se han mudado a Xochimilco? “No aprecian nuestro barrio… no tienen raíces aquí.” Don Manuel reconoce que Xochimilco ha cambiado mucho, pero el acueducto sigue siendo emblemático. Es lo que hace a Xochimilco, Xochimilco. “Puedes ir a cualquier otro barrio y tienen muchas cosas… pueden tener hoteles muy elegantes, pero eso no refleja la riqueza de un barrio”, declara Don Manuel.

 

Don Manuel parece referirse al barrio rival, Jalatlaco. En la primavera de 2023, Jalatlaco fue declarado “barrio mágico” por el gobierno estatal. Don Manuel y Don Amado sonríen al recordar la rivalidad entre los barrios de Xochimilco y Jalatlaco. Los habitantes de Jalatlaco solían burlarse de los de Xochimilco, llamándolos “pedreros” por la distintiva cantera verde de la que está hecha el acueducto. Los antiguos residentes de Jalatlaco eran en su mayoría curtidores, y la gente aún recuerda que no había nada mágico en el olor distintivo de las pieles que una vez llenaron este barrio. El programa “barrio mágico” está patrocinado por el gobierno estatal y sigue el modelo del programa de turismo "Pueblos Mágicos" creado por el gobierno federal mexicano. Si bien este programa ha ayudado a impulsar las economías de las zonas rurales, el aumento del tráfico peatonal también ha traído gentrificación, degradación ambiental y la “Disneyficación” de lugares históricos. Esto impulsa a gente local a proyectar una fachada pintoresca que satisface a los deseos y anhelos del turista foráneo, pero que a menudo no refleja la historia y tradiciones locales del pueblo.

El acueducto

hoy

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¿Cómo es que algo tan familiar e íntimamente ligado a la supervivencia de los ciudadanos oaxaqueños se convirtió en un monumento fotogénico?

El acueducto continúa sirviendo como símbolo de una identidad comunitaria distintiva que separa a Xochimilco del resto de la ciudad. Sin embargo, desde la construcción de la carretera, Xochimilco, como el resto de Oaxaca, se ha vuelto cada vez más conectado con una economía global. Los recuerdos de los vecinos mayores de Xochimilco pintan al acueducto como una especie de plaza extendida, donde la comunidad se reunía para disfrutar de su aguas, pero hoy el acueducto ha perdido esta función y se ha convertido en un recordatorio de la forma en que el turismo se ha arraigado profundamente en las economías locales y ha dado paso a la mercantilización de espacios tradicionales. Líderes comunitarios han expresado su preocupación por la degradación ambiental y el desplazamiento de familias locales. Aún así, alquilar a extranjeros (turistas, nómadas digitales y expatriados que gastan dólares y euros) puede resultar bastante lucrativo para unos pocos. En un lugar como Oaxaca, donde el turismo es la mayor industria y abunda la precariedad económica, es difícil resistirse a la mercantilización cultural. Incluso la llamada “protección” de los sitios del patrimonio cultural a menudo da prioridad a la comodidad del turista sobre el significado histórico local o la accesibilidad de estos espacios para las comunidades descendientes.

 

El acueducto nos recuerda que las estructuras coloniales desiguales persisten, aunque sus construcciones sean vestigios. La creciente mercantilización del agua y la alienación de los pueblos indígenas de sus tierras y sus recursos naturales sólo sirven para el beneficio de la élite oaxaqueña y el placer de los turistas del Norte global. Es fácil ver el acueducto como nada más que un microcosmos de la crisis ambiental y de la desigualdad histórica de esta ciudad, pero como los abuelos y abuelas de Xochimilco nos recuerdan, el acueducto al igual que su barrio, carga historias llenas de vida y de perseverancia.

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BIBLIOGRAFÍA

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